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No siempre elegimos nuestra carrera: a veces, es la carrera la que nos elige. Cuando las experiencias aparentemente inconexas —logística, programación, publicidad— se combinan con una forma consistente de resolver problemas, el resultado puede ser una vocación profesional sólida y duradera que ninguna decisión estratégica hubiera diseñado mejor.

  • Las habilidades transferibles tienen más valor del que parecen: Años empacando cajas con precisión y estudiando algoritmos de madrugada construyeron una mentalidad metódica y orientada a la eficiencia que, décadas después, resultó ser exactamente lo que el SEO técnico demanda.

  • La creatividad y el método no se oponen, se complementan: El SEO exige simultáneamente rigor analítico y pensamiento creativo. Quienes desarrollaron ambas capacidades en contextos distintos —publicidad y programación, por ejemplo— llegan a la disciplina con una ventaja estructural difícil de replicar en el corto plazo.

  • Un mentor puede redirigir una carrera en el momento justo: La recomendación de un profesor de Planificación de Medios fue el puente entre años de formación dispersa y una oportunidad concreta en marketing digital, demostrando que el entorno académico puede ser un catalizador profesional decisivo.

  • La autoconciencia llega tarde, pero llega: Entender por qué te contratan —en este caso, "el equilibrio exacto entre método y creatividad"— permite nombrar y potenciar lo que ya estabas haciendo bien sin saberlo, convirtiendo la intuición en estrategia.

Cuando alguien me pregunta cómo llegué al SEO, la respuesta honesta es simple: no llegué. Me encontró.

No estaba buscando una disciplina. No estaba buscando una vocación. Estaba buscando trabajo. Y lo que terminó definiéndome profesionalmente no fue una decisión estratégica ni un momento de iluminación. Fue el resultado de años haciendo cosas muy distintas, con una misma forma de encarar los problemas.

Esta es esa historia.

Todo empezó con cajas, cinta adhesiva y un padre que no perdonaba el descuido

Desde los 12 años trabajé con mi viejo. Antes de eso, le ayudaba acomodando las piezas que él mismo soldaba: era metalúrgico, producía a pedido. Después de la crisis de 2001, la cosa cambió. Nos pasamos al empaque y la logística.

Lo que hacía parecía simple: tomar pedidos, calcular el peso por bulto sin pasarme del límite que cobraban extra las empresas de envíos, y acomodar los productos de la forma más eficiente posible. Me volví experto jugando al Tetris con cajas. El embalaje lo hacía con cinta adhesiva que conseguíamos barata en los trueques de las plazas del barrio. Tenía que ser cuidadoso hasta con cuánta cinta usaba. Cada centímetro de más era costo nuestro.

Mi padre era estricto. Metódico. No había margen para el descuido.

Lo que esos años me dejaron sin que yo lo supiera

Tardé mucho en entender lo que esa rutina me estaba formando. Me acostumbré a trabajar con estándares altos de calidad y eficiencia, bajo presión, en procesos repetitivos. Y naturalmente empecé a buscar siempre la forma de hacer las cosas más rápido, más prolijo y, si se podía, más barato.

Eso no es un rasgo de personalidad. Es un hábito que se construye. Y se construye con años de práctica, no con un curso.

La escuela técnica y las madrugadas con algoritmos que no cerraban

A los 13 entré a la Escuela de Educación Técnica N°6, con especialización en electrónica e informática. La rutina era densa. Por la mañana: matemáticas, química, literatura. Por la tarde: talleres de carpintería, neumática y electrónica, o trabajar con mi padre. Por la noche: lógica y algoritmos, instalación de redes, HTML, ActionScript.

A los 15 elegí la especialidad de informática y programación.

Mi vida era repetición, estudio y mejora. Pero había un problema: la lógica y las matemáticas me costaban demasiado. Recuerdo madrugadas enteras tratando de resolver fixes de algoritmos que no cerraban. Mi padre me escuchaba teclear desde su cuarto y, sin poder ayudarme, bajaba a prepararme un café.

Esa imagen no la olvidé nunca.

Terminé esos años tan agotado que me prometí a mí mismo no volver a tocar informática, programación ni matemáticas. Nunca más.

Elegí publicidad para escapar de los números. Los números me siguieron igual.

Elegí la carrera que menos matemáticas me exigía: la Licenciatura en Publicidad en la Universidad de Morón.

Al principio fue alivio puro. Teoría, talleres de redacción, producción multimedial, creatividad para resolver campañas. Nada de algoritmos.

Pero mi ADN metódico era inevitable.

En tercer año empecé a extrañar los cálculos y los excels. Tanto, que mis presentaciones de campaña las hacía en Flash, con programación en ActionScript de por medio. Mis compañeros presentaban con Prezi, creativo y vistoso. Yo iba con algo más cuadrado, pero con lógica detrás.

Y estaba orgulloso de eso.

La trampa que no vi venir

Cuando salí a buscar trabajo en agencias de publicidad, me postulé para lo que fuera: diseñador gráfico, redactor creativo, productor multimedial. Pasé por entrevistas en Ogilvy, JWT, editoriales de revistas, agencias boutique. Nada.

Con el tiempo entendí el error. En cada entrevista mencionaba que pronto me recibiría de licenciado. Eso significaba que debían pagarme el sueldo de un licenciado, casi USD 1.500 en ese momento. Nadie quería contratar a alguien sin experiencia a ese costo.

Yo creía que el título era un activo. Era un obstáculo.

El profesor que me señaló la puerta correcta

Fue entonces cuando Martín Curia me cambió el rumbo.

Era mi profesor de Planificación de Medios, mi materia favorita. La favorita justamente porque me dejaba hacer cálculos. Martín me recomendó que mirara hacia el marketing digital. Creía que era por donde apuntaban mis aptitudes.

Para impulsarme, me mandó a investigar y exponer sobre el ZMOT: el concepto que Google estaba difundiendo en ese momento para incentivar la inversión en Google Ads y SEO.

Eso fue el inicio. Leí libros, blogs. Hablé con quienes sabían. Me metí de lleno.

La entrevista que lo cambió todo

En octubre de 2012 me postulé como linkbuilder en puntorojo. Era mi primera entrevista en marketing digital.

La primera parte fue con Mauro Quieto: un cuestionario técnico sobre linkbuilding. Salí convencido de que había ido mal. Después bajó Esteban Oliva y la conversación fue completamente distinta. Ya no respondía preguntas técnicas. Contaba sobre mi vida, mis ambiciones, lo que quería lograr.

El jueves me citaron para una segunda entrevista. No recuerdo bien cómo fue esa conversación. Sí recuerdo cómo terminó: con la propuesta de salario.

Por qué me contrataron

Años después les pregunté a Mauro y a Esteban por qué me habían elegido. Su respuesta fue directa:

"Tenés el equilibrio exacto entre el método y la creatividad."

Cuando escuché eso, muchas cosas encajaron.

Lo que esa frase me explicó sobre mí mismo

El método venía de años trabajando con mi padre. De la escuela técnica. De los procesos repetitivos y la presión constante.

La creatividad venía de la publicidad. De los talleres de redacción. De aprender a resolver problemas con recursos limitados.

El SEO no es solo técnica. Tampoco es solo contenido. Es las dos cosas al mismo tiempo, en tensión permanente.

Y yo había pasado años, sin saberlo, entrenando exactamente para eso.

No elegí SEO. SEO me eligió a mí, en el momento en que encontró a alguien que podía sostener las dos mitades del trabajo.

Más de una década después

Desde ese octubre de 2012 no volví a trabajar de otra cosa. Más de una década en SEO.

Lo que aprendí en ese recorrido no es que existe un camino correcto para llegar a esta disciplina. Lo que aprendí es que las habilidades que parecen no tener nada que ver entre sí —empacar cajas, programar en ActionScript, planificar campañas publicitarias— pueden ser exactamente lo que te hace bueno en algo que todavía no conocés.

Las trayectorias raras no son un problema. A veces son la ventaja.

Y que a veces la mejor decisión de carrera no es la que tomás vos. Es la que toma el trabajo cuando te encuentra a vos.

Preguntas frecuentes

¿Hace falta estudiar informática o programación para trabajar en SEO?

No necesariamente, aunque ayuda tener lógica analítica. En mi caso, la formación técnica sumó, pero lo que más pesó en mi primera contratación fue el equilibrio entre método y creatividad, no el conocimiento técnico puro.

¿Cómo saber si el SEO es una buena carrera para mí?

Si te sentís cómodo tanto analizando datos como resolviendo problemas de comunicación, el SEO puede ser un buen lugar. No es solo técnica ni solo contenido: es las dos cosas en tensión permanente.

¿Qué es el ZMOT y por qué fue importante en la historia del SEO?

ZMOT (Zero Moment of Truth) fue un concepto que Google difundió para describir el momento en que un usuario investiga online antes de tomar una decisión de compra. Fue clave para justificar la inversión en SEO y Google Ads, y fue lo primero que estudié cuando me acerqué al marketing digital.

¿Se puede llegar al SEO desde carreras no técnicas?

Sí. Yo llegué desde publicidad. Muchos de los mejores profesionales de SEO que conozco vienen de periodismo, comunicación o diseño. Lo que importa es desarrollar la capacidad de entender tanto al usuario como al buscador.

¿Qué habilidades son más valoradas en alguien que empieza en SEO?

En mi experiencia, la combinación de orden y creatividad es lo que más diferencia. Saber planificar, ser metódico con los procesos y al mismo tiempo poder pensar soluciones no convencionales es lo que más pesa a la hora de crecer en la disciplina.

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